Finalizan
los Juegos Beijing 2008
con apagado de la llama olímpica
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La
llama olímpica que
ardió durante los
últimos 16 días
fue extinguida hoy
frente a las 204
delegaciones que se
dieron cita en los
Juegos Olímpicos
Beijing 2008, la máxima
gala deportiva que
culminó con una
impresionante
ceremonia de
clausura en el
estadio Nido de Pájaro.
Los
Juegos de la XXIX
Olimpiadas de la era
moderna no
terminaron sin antes
hacer el traspaso al
comité olímpico
que organizará los
próximo juegos con
sede en Londres
2012. El
alcalde de Londres
Boris Jonshon recibió
hoy la bandera que
deberá flamear en
Gran Bretaña a la
espera de los próximos
juegos.
Con
la entrada de un bus
de dos pisos, acaso
el símbolo
londinense por
excelencia, y la
presencia del
futbolista David
Beckham, China paso
la posta al Reino
Unido, que espera
estar a la altura de
las circunstancias
en cuatro años.
Beckham
hizo el relevo de la
antorcha olímpica
junto al guitarrista
de la banda de rock
Led Zepellin, Jimmy
Page, y ante la
euforia de los
chinos el 'siete'
inglés no tuvo
mejor ocurrencia que
patear un balón
hacia la tribuno que
se disputó la
redonda tocada por
los pies del ídolo
ingles.
Finalmente,
se realizó "La
Torre del
Rercuerdo" de
los Juegos con la
performance de casi
400 actores formando
diversas figuras con
un fondo color rojo.
Así también, a 25
metros del suelo
crearon el logotipo
de los Juegos y una
recreación de la
antorcha,
finalizando la
ceremonia con el
apagado de la
antorcha y la
explosión de fuegos
artificiales.
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Nadal,
campeón olímpico tras
derrotar al chileno González
Como
una advertencia impulsada
por los dioses, en vísperas
de su coronación oficial
como nuevo número uno del
mundo, el español Rafael
Nadal se aposentó en el
Olimpo, en el escenario de
los elegidos, en la
tribuna de los grandes,
alcanzada tras derribar en
Pekín al último
resquicio del trayecto, el
chileno Fernando González
(6-3, 7-6 (2) y 6-3).
En
pleno apogeo, Rafael Nadal
terminó con la
resistencia del oro. Con
los reparos que el tenis
español ha padecido cada
cuatrienio que emprendía
el asalto al premio
dorado. La más reciente,
la padecida por el dobles
femenino español que
integran Virginia Ruano y
Anabel Medina.
Nadal, el hombre de los 31
títulos, el poseedor de
los cuatro Roland Garros y
el instaurador de un nuevo
orden en Wimbledon, acaparó
el honor de ser el primer
campeón olímpico español
con la raqueta.
El éxito del español
culminó después de una
batalla desigual. Más
desequilibrada de lo que
evidenciaban los
precedentes, que alentaban
la lucha con un reparto
equitativo de triunfos
-tres y tres- antes de
saltar a la pista de
cemento del Centro Olímpico
de Tenis de Pekín.
González no suele torcer
su brazo pronto. El empuje
forma parte de su condición,
de la que sobresale su
derecha. Pudo ejecutarla
en numerosas ocasiones en
el partido. Pero, no por
admirada, terminó por no
resultar determinante.
Es el chileno el que
contaba con mayor pedigrí
olímpico. La suya es una
trayectoria con brillo en
los Juegos. En Atenas fue
campeón en dobles junto a
Nicolás Massú y bronce
por sí solo. Experiencia
a raudales en momentos
cumbre. Mayor que la del
español, con una efímera
y simbólica participación
en el 2004.
Ese es el motivo por el
que el impacto de la
dimensión extrañó al
comienzo, donde el tenista
de Santiago, un habitual
ya en las alturas del
circuito, empezó por dar
ventaja a su rival. El
español rompió a las
primeras de cambio.
Resguardó su saque, que
no cedió en todo el
partido y cerró el set
sin contratiempos (6-4).
Fue a partir de ahí donde
el chileno se decidió a
entrar en el partido.
Cuando soltó su derecha,
la que buscó. Y jugó con
continuidad gracias a la
certeza de su saque.
Inquietó a Nadal, que
tuvo que hurgar en el
partido y ejecutar
esfuerzos extras en las
amenazas de González, que
desveló ciertas carencias
como restador.
El partido concedió una
opción al chileno. Y es
en los detalles donde está
el salto de calidad.
Fernando González, a buen
nivel, esperó su ocasión.
Y le llegó pero no la
aprovechó. Fue en el décimo
parcial, cuando tuvo
15-40, dos puntos de sets.
Nadal se defendió como
pudo. Pero el
sudamericano, pensó más
en la dimensión de la
situación y marró cada
posibilidad: Una fuera, de
revés y otras dos a la
red.
No suelen volver
situaciones como esas, las
que definen al ganador. El
set llegó al 'tie break'
y Nadal se amarró a su
resurrección para ganar
el segundo set y adquirir
una ventaja insalvable.
El español nadó a favor
de corriente en el último
set, en cuanto firmó la
primera rotura. Las
derechas de González,
lejos de inquietar, fueron
intermitentes, revestidas
de fogueo. Y los dos
puntos de partido que salvó
el chileno, la advertencia
de una muerte anunciada.
La situación ya había
desbordado al chileno que
flojeó paulatina pero
definitivamente.
Desprovisto de fe asimiló
su adiós ante una roca. Y
fue Nadal el que amarró
el oro de Pekín. El que
le dio el pasaporte hacia
el Olimpo.